Nuestros hábitos influyen en mucho más que el peso o la energía: también pueden modificar la forma en la que el organismo utiliza la información de nuestros genes. En este videopodcast te explicamos qué ocurre con la expresión génica después del verano y cómo factores como el sueño, la alimentación o el ejercicio pueden influir en ella. Si prefieres leerlo, te lo contamos a continuación.

Cuando termina el verano, muchos tenemos la misma sensación: hemos dormido a otras horas, hemos cambiado la alimentación, hemos hecho más o menos ejercicio y ahora toca volver a la rutina. Lo normal es pensar que esos cambios solo se notan en el peso, en la energía o en la forma física. Pero ¿y si te dijera que también pueden influir en la forma en la que trabajan nuestros genes?

Antes de nada, hay que aclarar una idea muy importante: como nos aclaran en el NIH (Instituto Nacional de la Salud de Estados Unidos) el verano no cambia nuestro ADN. No volvemos de vacaciones con una genética diferente. El ADN con el que nacemos permanece prácticamente igual durante toda la vida. Lo que sí cambia constantemente es la forma en la que nuestro cuerpo utiliza la información que contiene.1

Imagina que el ADN es un enorme libro de instrucciones. Ese libro siempre es el mismo, pero el organismo no necesita consultar todas sus páginas al mismo tiempo. Dependiendo de cómo vivimos y de lo que ocurre a nuestro alrededor, «abre» unas instrucciones y deja otras en segundo plano. Es una forma muy inteligente de adaptarse a cada situación.2

A este proceso los científicos lo llaman expresión génica. Aunque el nombre pueda parecer complicado, la idea es bastante sencilla: nuestros genes contienen miles de instrucciones, pero no todas están activas a la vez. El cuerpo decide cuáles necesita en cada momento.2

Gracias a esto, una célula del cerebro, una del músculo o una del sistema inmunitario pueden hacer funciones completamente diferentes, aunque todas tengan exactamente el mismo ADN.1,2

Y aquí llega una de las partes más fascinantes de la historia: muchas de las señales que recibe nuestro cuerpo proceden de nuestros propios hábitos. Lo que comemos, cuánto dormimos, si hacemos ejercicio, el estrés que acumulamos o incluso el tiempo que pasamos al sol pueden influir en la actividad de determinados genes.3

Seguro que has oído hablar alguna vez de la epigenética. Es una palabra que aparece cada vez más en redes sociales y medios de comunicación, aunque a menudo se explica de forma confusa.3

La epigenética no significa que podamos cambiar nuestros genes a voluntad ni reescribir nuestro ADN. Lo que hace es regular cómo se utilizan esas instrucciones. Es como colocar marcadores en ese gran libro para indicar qué páginas conviene leer en cada momento y cuáles pueden esperar.3

Y precisamente por eso el verano resulta tan interesante desde el punto de vista biológico. En pocas semanas solemos cambiar muchos hábitos al mismo tiempo, y el organismo responde adaptándose a todos ellos.3

Uno de los ejemplos más claros es el sueño.4

Durante las vacaciones es habitual acostarse más tarde, dormir un poco más o incluso echar una siesta que durante el resto del año nunca nos permitimos. Puede parecer un cambio sin demasiada importancia, pero nuestro cuerpo funciona siguiendo un reloj interno muy preciso.4

Ese reloj coordina procesos tan importantes como el sueño, la producción de hormonas, el metabolismo o incluso el funcionamiento del sistema inmunitario. Cuando cambiamos nuestros horarios durante varios días seguidos, ese reloj tiene que reajustarse, y con él también cambia la actividad de muchos genes relacionados con estas funciones.4

Los investigadores han observado que alterar los ritmos de sueño durante largos periodos puede modificar la actividad de miles de genes en distintos tejidos del organismo. Es una demostración de hasta qué punto nuestro cuerpo está conectado con los hábitos diarios.4

Pero el sueño no es el único protagonista.

El ejercicio físico también envía mensajes constantes a nuestras células.5

Cada vez que salimos a caminar, nadamos o hacemos deporte, no solo movemos los músculos. En realidad, el organismo interpreta que necesita producir más energía y pone en marcha diferentes mecanismos para adaptarse.5

Como respuesta, activa genes que ayudan a fabricar más mitocondrias, unas pequeñas estructuras que suelen conocerse como las «centrales energéticas» de las células. Gracias a ellas obtenemos la energía necesaria para realizar cualquier actividad, desde correr una maratón hasta subir unas escaleras.5

Por eso, cuando hacemos ejercicio de forma habitual, el cuerpo se vuelve más eficiente. Y cuando dejamos de movernos durante semanas, muchas de esas adaptaciones comienzan a desaparecer poco a poco.5

La alimentación también mantiene una conversación continua con nuestros genes.6

Normalmente pensamos que los alimentos solo sirven para aportar energía o nutrientes, pero hacen mucho más que eso. Algunos componentes presentes en frutas, verduras, frutos secos o aceite de oliva actúan como auténticas señales químicas capaces de influir en el funcionamiento de nuestras células.6

Y todavía hay algo más curioso.

Cada vez que comemos también estamos alimentando a los billones de microorganismos que viven en nuestro intestino y que forman la llamada microbiota.6,7

Lejos de ser simples acompañantes, muchas de estas bacterias producen sustancias que ayudan a comunicarse con nuestras células y participan en procesos relacionados con el metabolismo, el sistema inmunitario e incluso la regulación de la actividad de algunos genes.7

Por eso, cuando durante el verano cambiamos nuestra alimentación, los efectos pueden ir mucho más allá de las calorías que consumimos.7

Otro protagonista del verano es, sin duda, el sol.8

Pasamos más tiempo al aire libre y recibimos una mayor cantidad de luz solar. Gracias a esa exposición, nuestra piel produce vitamina D.8

Aunque solemos relacionarla con la salud de los huesos, la vitamina D desempeña muchas más funciones. Una vez activada en el organismo, participa en la regulación de cientos de genes implicados en procesos como el funcionamiento del sistema inmunitario, la inflamación o el metabolismo del calcio.8

Eso sí, conviene recordar que obtener vitamina D no significa exponerse al sol sin protección. Disfrutar del aire libre es beneficioso, pero siempre siguiendo las recomendaciones para proteger la piel.8

Y todavía nos queda un último factor: el estrés.9

Para muchas personas, las vacaciones representan una oportunidad para bajar el ritmo. Disminuyen las prisas, las obligaciones y las preocupaciones diarias. Esa sensación de tranquilidad no solo mejora nuestro estado de ánimo.9

Cuando estamos menos estresados también cambian los niveles de cortisol, una hormona que, como ya hemos mencionado en otro episodio, ayuda al organismo a responder ante situaciones de tensión. El cortisol influye en numerosos procesos relacionados con las defensas, la inflamación y el metabolismo. Cuando el estrés se mantiene durante demasiado tiempo, esos mecanismos pueden alterarse y afectar al equilibrio del organismo.9

Todo esto demuestra que nuestros genes no funcionan de manera aislada. Están recibiendo información constantemente sobre lo que hacemos cada día y adaptan su actividad para responder a esas circunstancias.1-9

Ahora bien, tampoco conviene sacar conclusiones exageradas. 1-9

A veces se transmite la idea de que basta con cambiar unos pocos hábitos para transformar por completo nuestra biología. La realidad es mucho más compleja. 1-9

Muchos de estos cambios son temporales y reversibles. Cuando volvemos a la rutina después del verano, nuestro organismo vuelve a adaptarse y la actividad de numerosos genes también cambia de nuevo. Es un proceso continuo que nos acompaña durante toda la vida. 1-9

Quizá esa sea una de las lecciones más interesantes que nos deja la biología moderna. Durante mucho tiempo pensamos que los genes marcaban nuestro destino de forma casi inamovible. Hoy sabemos que el ADN es solo una parte de la historia. Nuestros hábitos también cuentan. 1-9

Dormir bien, mantener una alimentación equilibrada, hacer ejercicio con regularidad, controlar el estrés o disfrutar de la luz natural no cambian el libro de instrucciones con el que nacimos, pero sí pueden influir en la manera en la que nuestro organismo utiliza esas instrucciones. 1-9

Así que la próxima vez que alguien diga que el verano le ha cambiado, quizá tenga más razón de la que imagina. No porque haya modificado su ADN, sino porque durante esas semanas su cuerpo ha estado interpretando un conjunto de nuevas señales y adaptándose a ellas. 1-9

Al fin y al cabo, nuestros genes no trabajan solos. Mantienen una conversación permanente con el entorno. Y, en buena medida, somos nosotros quienes decidimos qué tipo de mensajes reciben cada día. 1-9

 

 

 

  1. National Human Genome Research Institute. Human genomic variation [Internet]. Bethesda (MD): National Human Genome Research Institute; [citado 2026 Ago 4].
  2. National Human Genome Research Institute. Gene expression [Internet]. Bethesda (MD): National Human Genome Research Institute; [citado 2026 Ago 4].
  3. Feil R, Fraga MF. Epigenetics and the environment: emerging patterns and implications. Nat Rev Genet. 2012;13(2):97-109.
  4. Archer SN, Laing EE, Möller-Levet CS, van der Veen DR, Bucca G, Lazar AS, et al. Mistimed sleep disrupts circadian regulation of the human transcriptome. Proc Natl Acad Sci U S A. 2014;111(6):E682-E691.
  5. Holloszy JO. Biochemical adaptations in muscle. Effects of exercise on mitochondrial oxygen uptake and respiratory enzyme activity. J Biol Chem. 1967;242(9):2278-2282.
  6. Pedersen BK. The diseasome of physical inactivity—and the role of myokines in muscle-fat cross talk. J Physiol. 2009;587(Pt 23):5559-5568.
  7. Valdes AM, Walter J, Segal E, Spector TD. Role of the gut microbiota in nutrition and health. BMJ. 2018;361:k2179.
  8. Carlberg C. Genome-wide (over)view on the actions of vitamin D. Front Physiol. 2014;5:167.
  9. Russell G, Lightman S. The human stress response. Nat Rev Endocrinol. 2019;15(9):525-534.

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